lunes, 5 de junio de 2017

Número 160. Pasos en la piedra. En la Cena del Señor

Podríamos decir que hasta que no llega a su destinatario, la obra de arte no está completa. Solo cuando el receptor la lee, la oye, la contempla, la goza, o no, podemos decir que está terminada, y aun así se queda abierta para posteriores interpretaciones. Muy probablemente, cada uno añadirá su granito de arena y se acercará o se alejará del primer y último pensamiento del autor.

«¿Qué pensará un marciano, un extranjero, incluso un joven, tan alejados de la Semana Santa en España de una obra como esta?», leo por algún lado, y sin ser ninguna de esas tres cosas, voy construyendo mi propia visión de la Semana Santa al hilo de Pasos en la piedra, y poco a poco voy divergiendo de lo que voy descubriendo en sus páginas.

La primera impresión es inmejorable, buen arranque el de esas golondrinas, tan habituales en las creencias populares, que quieren aliviar el dolor del Crucificado arrancándole las espinas de la corona. Confieso que en las primeras páginas me veo yo también, como Peter Gesteine, tomando nota de todo lo que acontece, yo, estudiosa de la cultura popular en general, y de la Semana Santa de los pequeños pueblos de Castilla en particular, encuentro un especial interés en lo que se avecina. 

Y a medida que avanzo y veo desfilar las primeras procesiones y los primeros penitentes, mi mente se vuelve muchos años atrás, a los años justo anteriores al Concilio, en el que mi madre, a falta de mejor música en la radio, se pasaba toda la Semana Santa cantando romances religiosos. Alejada de su pueblo, y viviendo la Semana Santa en Madrid, era la mejor forma que encontraba de seguir allí estando aquí. Por la tarde, ya sabíamos, tocaba las siete visitas a monumentos por las iglesias del centro, y por la noche la procesión del Silencio, a la que asistíamos como espectadores en una de las calles aledañas a la Gran Vía. 

No tenía entonces una Leica como Peter Gesteine, pero de haberla tenido, y conociéndome, habría fotografiado aquellos pies descalzos, aquellos tobillos finos que arrastraban pesadas cadenas por el adoquinado. Se oían murmullos entre los espectadores: «Es una mujer, esa es mujer», y con el cuerpo y cabeza cubiertos cumplía su penitencia, camino de la próxima estación. Recuerdo esas penitentes anónimas, esos pies descalzos femeninos, que se destacaban entre la mayoría de nazarenos, cubiertos muchos de ellos con capirotes o con verdugos. No recuerdo a demasiadas viudas de Cristo, con con elegantes trajes negros, altos tacones y peinetas, mantillas de blonda, entrelazadas sus manos con ricos rosarios. Irían, seguramente, cerrando el cortejo en las procesiones madrileñas, pero yo, sencillamente, no las recuerdo.

Pasaron los años y la facilidad en las comunicaciones nos devolvió al pueblo por Semana Santa. Allí quedé deslumbrada, o por lo menos asombrada, al ver cómo había cambiado el modo de vivir la Semana Santa respecto a Madrid: La vela del Jueves Santo ante el monumento que preparaban las monjas en el colegio, espléndido monumento lleno de velas y flores blancas —calas y gladiolos que habíamos aportado las niñas— había sido sustituido por otro tipo de monumento, más aparatoso, con muchas velas y pocas flores, ante el que mis amigas y yo nos hincábamos para pasar como mejor podíamos la hora de vela que nos había tocado. A falta de monja que dirigiera nuestros rezos, salíamos del apuro leyendo en voz alta libritos piadosos, oportunamente colocados en los reclinatorios, y rezando sucesivos misterios del rosario. 


procesión de pueblo con gran muchedumbre alrededor de las imágenes. En blanco y negro.

De todas formas lo que más me asombraba era ver cómo todo el pueblo participaba en las procesiones del Viernes Santo, y todos, o por lo menos una gran mayoría, cantaba aquellas canciones que yo había aprendido de oírselas a mi madre en las Semanas Santas pasadas, y allí descubrí a los sayones, al Cirineo, a Longinos y a todos los personajes que circulaban en aquellas historias cantadas a dos coros por el pueblo. ¿Quién me iba a decir a mí que con el tiempo esos romances me engancharían tanto que terminaría estudiándolos muy en serio? Hoy mismo, tengo entre mis manos uno de aquellos librillos llenos de faltas de ortografía, y mejor o peor letra, en los que los escolares recogían aquellas canciones, y que hoy me emocionan solo tocarlos.


páginas borrosas de un cuadernillo donde se recogen romances religiosos

Pasaron los años y viví otras Semanas Santas en otras ciudades, incluso ninguna Semana Santa en algún viaje al extranjero, hasta que recalé un buen año en la Semana Santa andaluza. ¡Qué impresión! Acostumbrada a las austeridades madrileñas y castellanas, aquellas procesiones inacabables con los bailes de las imágenes, las Vírgenes bajo lujosos palios, los numerosos nazarenos más el que llevaba el búcaro, las innumerables viudas de Cristo saliéndose de la fila a tomar un café, y supongo que a hacer un pipí... En fin, tuve que volver algunos años después y que alguien del pueblo me explicara desde dentro todo aquello para que yo empezara a entender algo de la Semana Santa andaluza.  

Años después vuelta al pueblo y desde el pueblo a los de alrededor, buscando esas manifestaciones populares semanasanteras en pueblos donde no tienen apenas imágenes, por supuesto que carecen de bandas de música, de filas de cofrades luciendo capas de colores, por no tener ya apenas queda gente, pero donde todavía es posible oír como los fieles desgranan la Pasíón en versos de arte menor, o se entonan en un registro casi imposible los Catorce romances de Lope de Vega. Aunque en algunos casos la separación por sexos en los actos litúrgicos es manifiesta, no faltan las cofradas luciendo el pertinente hábito, portando insignias, o llevando la cruz a cuestas, en el sentido más literal.

Un cirineo vestido de blanco ayuda a llevar una tosca cruz a un penitente vestido de morado
Fuentemolinos 2012: aquel año llevó la cruz una chica. 

Nada de esto me encuentro en Barrio de Piedra, porque allí estamos en ciudad, y aunque pase por ella el Duero, como por alguno de esos otros pueblecillos, la Semana Santa allí es una Semana Santa con pretensiones, numerosos pasos, cofradías sin fin, el obispo y hasta el gobernador civil presidiendo los actos. 

Y mientras todo eso ocurre ante los ojos atónitos del alemán Peter Gesteine, que toma buena cuenta de todo e impresiona carrete tras carrete con su cámara, al otro lado del río, una comunidad cristiana diferente se prepara para celebrar la Cena, de una forma también un tanto singular. Son pocos y procuran ser católicos y ecuménicos: algunas familias de confianza, los postulantes, un par de sacerdotes, dos monjitas que se visten de seglares, una década después de que lo hicieran sus hermanas de las grandes ciudades, la cocinera del convento, y una pareja singular. Se trata de Juan, un joven designado para entrar en el seminario y Ashma, una morita sin velo ni familiares varones que velen por ella, y que apareció por Barrio de Piedra con unos feriantes en vísperas de vendimias; apareció para quedarse y para enamorar al joven cristiano, pero de orígenes biológicos marroquíes, según se desprende no solo de las circunstancias sino también del color de su piel.

Ashma, invitada por Juan a la cena comunitaria, va a dar el toque ecuménico a aquella asamblea, que se anuncia entre revolucionaria y transgresora. Ashma ha aparecido con el pelo cortado a lo chico, su espectacular melena debió quedarse atrás, y va a ser ella, una mora, quien precisamente intente romper la sagrada tradición masculina e infiltrarse como un penitente más en la procesión.




La secuencia de la Cena resulta un tanto confusa para el lector no iniciado. ¿A qué asistimos realmente? ¿A una liturgia renovada? ¿A una conmemoración sui géneris de la Cena del Señor? 
En cuanto al momento de la consagración, pensaba el ponente que, por coherencia, habría de ser la Comunidad la que extendiera las manos y la que recitara las palabras sagradas. Jesús había querido quedarse en todos y todos serían, en comunión, quienes lo invocaran. Y por qué no, como había ocurrido a lo largo de la historia de los hombres, tendría que ser una mujer la que recogiera los restos de la cena y los guardara en el sagrario del monumento para la celebración del Viernes. 
Si las primeras frases de este párrafo se adentran en un terreno teológico cuanto menos arriesgado, la última a mí me deja boquiabierta. ¿A dónde quiere llevarnos el autor con esa afirmación?

Pues así nos cuenta que se hizo: 
Y todos juntos, con las manos extendidas como las alas de los pájaros, dijeron las palabras de Jesús, comieron el pan [que Catalina había cocido en el horno] y el vino [cosechero que don Nico había traído de la bodega de la orden], cantaron la canción del mandamiento nuevo, y acto seguido, sin punto ni aparte, empezaron a dar cuenta de los manjares sabrosos...
La Cena y la noche traen aún para el lector algunas sorpresas, y no solo por la travesura que los más jóvenes están dispuestos a perpetrar infiltrándose en la procesión. De la Huerga no ahorra detalles del acto singular que acaba de tener lugar:
Recogieron los manteles y dejaron la mesa desnuda. La madera del altar quedaba preparada para la celebración del Viernes. El mantel de hilo colgaría al día siguiente de la cruz como sudario. 
Un momento, ¿qué leo?, ¿que el mantel de la cena iba a servir de sudario? ¡Dios mío! ¡Cómo habrá quedado ese mantel después de la tortilla, el suflé, la ensalada, el vino cosechero, y el prueba de esto, y pásame aquello! Sin duda, con todos los «sacramentos», después de aquella amigable cena. ¿Qué hace la diligente Catalina que no está atenta y se apresura a jabonarlo, a frotar una a una las manchas, a dejarlo en remojo toda la noche, si es preciso, y a tenderlo al sol mañanero de la huerta para que esté presentable al día siguiente? ¡Qué poco saben algunos de lavar y solear manteles después de las fiestas familiares!


Ofrenda de pajarillas (pastas) sobre tortas de aceite el día de Jueves Santo


Procesiones, hachones, latigazos, flagelaciones, amarguillos regados con vino se suceden, todo muy previsible, sin salirse del guión en esa noche, con luna casi llena, siempre según el autor. El poeta Pino ha permanecido al margen de todos esos actos y vuelve a su choza al lado del río, cuando se encuentra con una escena insólita: «Ashma caminando por el pretil como una funambulista de feria».

¡Vaya susto que se lleva el poeta de jaikus! 

Porque además la chica está medio desnuda, «vestida apenas con una camisa blanca, las piernas desnudas y descalza». ¡Vamos, toda una aparición expulsada de una de aquellas siniestras procesiones! ¿Dónde ha quedado su hábito, su disfraz? ¿Dónde sus amigos postulantes, con los que ha compartido la aventura de camuflarse en la procesión?

El poeta la rescata, la viste, como quien viste a una «hija a punto de salir a la calle una mañana de invierno escolar». La morita canturrea la marcha procesional, al poeta le vienen instintivamente pensamientos eróticos ante aquella piel magullada, Ashma está llena de arañazos. El poeta la lleva hasta la casa del escultor Tapias, donde sabe que la chica presta sus servicios. Llegan a la casa, el poeta cojo los recibe extrañado, hacía dos días que no sabía nada de la chica, y ahora se la traen así, en aquel estado. 

Tapias empieza a desnudarla tan paternal como Pino a vestirla minutos antes, pero los pechos «apenas abultados», sobre los que se vuelve a hacer hincapié, la suave cadera, los brazos y piernas menudos y fibrosos, despiertan en él su más profunda vena artística.

Las siguientes líneas, sin duda de lo mejor de la novela, las invitamos a leer despacio, saboreándolas. Gozemos, porque merece la pena, del proceso de creación del imaginero. Cómo va, estimulado por la belleza de Ashma, a la que ha sorprendido inconsciente en una escena cuanto menos irreverente, esbozando lo que será el regocijo del encuentro de la Madre con el Hijo el Domingo de Pascua. 

¿La Virgen o María Magdalena? Noli me tangere! 

En aquellos años una obra recorría los escenarios, obra que algunos trataron incluso de blasfema por haber escamoteado la figura de la Virgen en favor de la de la pecadora más universal, se trataba de Jesucristo Superestar. 

Todavía ocurrirán más cosas esa noche de Jueves Santo, pero ha empezado a nevar sobre Barrio de Piedra y nosotros nos cobijamos bajo ese manto de silencio hasta el Viernes Santo.


Comentario para el club de lectura La Acequia.

5 comentarios:

Abejita de la Vega dijo...

La Semana Santa castellana tan grave no tiene nada que ver con la andaluza. Me quedé de una pieza en Marbella, un jueves santo, viendo al paso detenerse y la gente a comer chocolate con churros de esos enroscados riquísimos. Me dije para mí que me apuntaba a procesiones así.
Nunca sentí pasión por la Pasión. A base de repetir la historia del sacrificio del Justo y de representarla de mil formas, deja de conmovernos, todo es teatro, folklore, ni siquiera hace falta fe.

Eso que digo no quita para saber apreciar una buena entrada, como la tuya, bien ilustrada además. Guardar cuadernos tiene su recompensa, un tesoro. Tus toques de ironía, ese mantel con manchas ¡de sudario! El cariño hacia las tradiciones de Gumiel. ¡Qué buena pinta esos dulces!

Esa mora es un tanto extraña, lo dice la maestra de unas cuantas morillas que no eran de Jaén.

Un abrazo

Pedro Ojeda Escudero dijo...

Una de las virtudes de esta novela es precisamente esa, que a todos se nos disparan los recuerdos. Gracias por darnos esa diferencia entre lo que ocurría en los pueblos y lo que sucedía en las ciudades. Yo, chico de barriada de ciudad de los años sesenta, doy fe de los parecidos y las diferencias.
Una delicia tu texto.

jmdelahuerga dijo...

Efectivamente, mi novela no estaba acabada hasta que está exigente lectora me hace caer en cuenta: cómo van a poner como sudario un mantel lleno de manchas... Si hubiera segunda edición, redactaré una línea aclaratoria donde Katy se lo lleva a lavar y colgar inmaculado al día siguiente. ¡ Gracias, amiga!

La seña Carmen dijo...

Una redacción alternativa es que no sea Katy la que lo lave, sino que ese postulante aventajado que ha propuesto la cena singular, o el propio Alas, se arremanguen y terminen la cena frotando cada uno una mancha. ¡Qué mejor comunión!

Ele Bergón dijo...

He de confesar que comencé a leer esta obra hace tiempo. La saqué de la biblioteca de Aranda, pero cuando llegué a la descripción que hace el autor de las procesiones de Semana Santa, no pude seguir leyendo y devolví el libro.

Hay emociones que se transmiten a través de la tradición y quedan ancladas en las personas para volverlas a reproducir año tras año, como ocurre con esto de las procesiones. Lo siento, pero a pesar de ser de pueblo, este fenómeno que llega hasta nuestros días y que tiene sus distintas formas de expresión según sean los lugares, no se ha quedado anclado en mí. No me gusta esta recreación en lo tétrico y oscuro, donde la pena, la tristeza y la muerte, lo inunda " casi" todo. He visto las de Pardilla, pero casi sin recuerdos, alguna de Madrid, he estado en los " Tambores de Calanda" que sí me impresionó, en los Empalaos de Valverde de la Vera, a la que juré que jamás volvería, en alguna de Valladolid, pero de pasada, otras de los pueblos de la Ribera... En Andalucía, no y a estas alturas de mi vida, me doy cuenta que aunque intento que me atraigan, no acabo de meterme en ellas. Por tu escrito veo que te interesan y mucho y nos las nos las describes con todo detalle y que sigues adelante con este libro que te hace reaccionar en determinadas cuestiones.

Paradojas y contradicciones de la vida, Pasos en la piedra, lo pedí en la biblioteca de Velilla, como no lo tenían, lo han encargado y puede que me anime y lo vuelva a empezar.

Un abrazo