lunes, 16 de octubre de 2017

Número 174 María de Zayas. Tretas y contratretas

En los Desengaños amorosos, María Zayas hace subir sucesivamente al estrado a sus amigas y compañeras para que, ante una audiencia mixta, relaten, en forma más o menos novelada, sucesos «basados en hechos reales», que diríamos en lenguaje televisivo de sobremesa.

Su propósito no es otro que dejar patente la mala condición de los varones, que parecen haber venido a este mundo con el único fin de buscar la perdición de las mujeres. Así que, amigas, estén atentas y no se dejen embaucar por ellos y tengan preparadas sus armas, pues el enemigo acecha.

Ha procurado la autora refinar y elaborar más el lenguaje en esta segunda parte de sus novelas. Fruto quizá de esta mayor elaboración, son una serie de sentencias de carácter proverbial, que doña María parece dar por buenas, aunque tiene la elegancia literaria de incorporarlas a su propio discurso y disimularlas en él. 
Cuatro mujeres ataviadas con trajes medievales
Las amigas de la Zayas
Tomemos como ejemplo esta doble afirmación puesta en boca de una de las narradoras, pues en no pocas ocasiones estas intervienen activamente en lo que están contando para exponer su criterio moral acerca de lo sucedido, o bien para anticipar lo que va a suceder.
Partió con su deseo, prometiéndola correspondencia, porque él amaba, según decía, el alma y no el cuerpo. A dos leguas no se le acordó más de tal amor. Mas ella, que, cuerda, conocía el achaque no había caminado una, cuando ya lo tenía olvidado; porque a la treta armar la contratreta, que de cosario a cosario no hay que temer.
A la treta armar la contratreta no es propiamente un refrán, al menos no está registrado como tal en las recopilaciones coetáneas ni posteriores, pero encontramos el pensamiento muy presente y casi con esa misma fórmula en numerosas obras de su tiempo. Doña María está expresando esa idea de forma concisa y sapiencial, es decir nos está brindando un nuevo refrán, que bien podría incorporarse a los refraneros. 

En un fragmento de las memorias de un tal Felipe de Comines (Memorias de Felipe de Comines, señor de Argentón, 1643 [Google]) encontramos casi la misma circunstancia y palabras:
Pero cuando las Damas quieren todo se facilita y descifra fácil y presto: porque no hay treta tan cautelosa, que prevista no tenga su contratreta. 
Hermanas, estad prevenidas, usad esas armas y astucias que poseéis, pues los hombres las conocen y no dudarán en echároslas en cara. 

De tretas y contratretas abundan las obras de enredo de nuestro teatro clásico, por no hablar de otras novelas y obras en prosa de su tiempo. De tretas y contratretas, muchas de ellas puestas en forma sapiencial, nos habla la obra de Gracián, del que Blecua (Sobre el rigor poético en España y otros ensayos. Ariel, 1977: 139) dice: 
Toda su obra girará alrededor de unos temas cuya finalidad es la misma: advertir para triunfar: educar el genio con el ingenio; hacer un discreto, un héroe, un político, o bien ensañar a caminar por el mundo salvando la treta con la contratreta, la cifra con la contracifra.
Esta es sin duda la intención de la Zayas a la hora de escribir sus novelas, no solo entretener, no solo pasar el rato, sino advertir a las mujeres de los peligros que las esperan si confían demasiado en los hombres. Y para defenderse qué mejor que ponerse en su mismo plano, pues de cosario a cosario no hay nada que temer. 

De cosario a cosario no se pierden sino los barriles es refrán que está ya en las primeras colecciones castellanas (Santillana) y en La Celestina, y es glosado por Sebastián de Horozco, para terminar dando título a una comedia de Lope de Vega. 

Antes de continuar conviene aclarar que un cosario, que no hay que confundir con corsario, aunque tengan el mismo origen, es una persona que se dedica a transportar cosas o personas de un lugar a otro. Es decir, es lo que en lenguaje moderno llamaríamos transportista

El sentido del refrán es que entre personas del mismo oficio, de la misma condición, suele haber buenas relaciones, por lo que nada hay que temer. Refranes sinónimos son De barbero a barbero no pasa dinero, Entre sastres no se pagan las hechuras, o el más moderno Entre bomberos no se pisan la manguera, todos ellos con el sentido de la colaboración entre iguales. Las mujeres que aparecen en las novelas de la Zayas no siempre se dejan achantar por los hombres, como es el caso del ejemplo. 

Quedémonos en el siglo XVI con la glosa de Sebastián de Horozco en su Teatro universal de proverbios para mejor entender la afirmación de la Zayas: 
El hombre que a otros popa
acontece que algún rato
jugando a daca la ropa
cuando no se cata topa
con horma de su zapato.
Así que le es necesario
ser un Héctor, o un Aquiles
por do se dice ordinario
que de cosario a cosario
no van sino los barriles. 

Referencias 

  • Horozco, Sebastián de (1986): Teatro universal de proverbios. José Luis Alonso Hernández (ed.). Universidad de Salamanca.
Comentario para el club de lectura La Acequia.

martes, 10 de octubre de 2017

Número 173. Son del mismo vientre, pero no del mismo temple

Esta entrada va dedicada al Miri,
por sus 71 años de bonhomía

Decía la paremióloga finlandesa Liisa Granbon-Herranen, en un trabajo que no voy a citar porque este no es un trabajo académico, que en lo que se refiere a los refranes solemos recordar, en aquellos que no son más comunes, no solo el refrán en sí, sino las circunstancias en las que lo oímos por primera vez y quién fue la persona que nos lo dijo. 

Eso me pasa a mí cuando en según que contextos me sale aquel de A la mejor puta se le escapa un pedo, en lugar del más común por estos lares El mejor escribano echa un borrón o Al mejor cazador se le escapa una liebre, o paloma, según la zona del planeta en la que estemos. 

Aunque todos signifiquen lo mismo, es decir aunque todos procedan del mismo vientre de la sabiduría popular, es claro que todos no tienen el mismo temple, y que por lo tanto la pragmática exige que no todos sean intercambiables en cualquier lugar. 

El contexto en el que le oí al Miri ese refrán no podía ser otro que el de una de sus muchas broncas amables cuando hacíamos cualquier burrada de noche, y por la mañana los bytes se nos habían atascado en algunos de los canales que llevaban a la unidad central y sudábamos tinta china para desatascar aquello y que todo fluyera como debía. Ya se sabe que lo que de noche se hace, de día se ve. 

De su CPU nos hablaba ayer Miri en una comida de amigos y colegas —«¡qué distintos somos y cuánto nos une!», me comentaba después Maricarmen— en ese tono de humor y esa jerga que todos entendíamos: «... y después te hacen IPL...» y me acordé del refrán, aunque afortunadamente ningún profesional marrara esta vez y no había borrones en la cuenta. 

Ayer, además Miri me regaló otro refrán, el refrán de cabecera, y por si acaso la memoria me falla le dedico estas líneas, a él y al refrán.

«No colecciono refranes, los estudio», suelo decir en algunas ocasiones, no sin cierta petulancia, cuando alguno de mis informantes me pregunta si «tengo» determinado refrán. No, no tengo una bolsa con ellos, me gusta anotarlos, contextos incluidos, y después estudiarlos y tratar de saber algo más y si la ocasión se presenta compartirlo en este blog, ¡claro que sí!

Pues bien, ayer hablábamos de las diferencias entre hermanos, normalmente de las diferencias que hay entre nuestros hijos, y eso que los hemos hecho a todos con el mismo cariñito, y fue cuando  Miri dijo que su abuela decía un refrán: son todos del mismo vientre... La segunda parte, con su rima obligada, se resistía. Prometí investigarlo, pero antes de que nos despidiéramos él recordó la segunda parte y yo me apresuré a anotarla.

No, no estamos ante un refrán fácil de recordar, porque la palabra temple no es que se use mucho hoy en día, así que de entrada recordemos su significado: 
temple
De templar. 5. m. Disposición apacible o alterada del cuerpo o del humor de una persona.
6. m. Fortaleza enérgica y valentía serena para afrontar las dificultades y los riesgos. 
Tenemos que irnos a las acepciones 5 y 6 de la definición  del DRAE, para encontrar aquellas que puedan cuadrar en nuestro refrán. Aunque no disuenan, parece que la voluntad de encontrar una rima se ha impuesto, pero ¿siempre fue así?

Empezaremos por ver cómo ha sobrevivido este refrán entre los sefardíes, según lo que recoge Cantera Ruiz de Urbina (2004: 338):
  • Siento de un vientre, cada uno de su miente
  • Todos de una vientre y cada una a su modo
  • Todos de una vientre, y no de un pareser
El propio Cantera nos da unos cuantos equivalentes en español y en francés. Parece que la idea es antigua, viene de lejos y es compartida por las otras lenguas romances, pues también encontramos distintas variantes en catalán.

En castellano lo encontramos ya en el Seniloquium (p. 338), donde se le añade una glosa que remite directamente a la Biblia:
463. Son hermanos de un vientre, mas no de una miente.

Escribe en efecto, Agustín en Sobre Juan que los malos y los buenos se generan entre los buenos y que entre los malvados hay gente buena y mala. Incluso en el vientre de Rebeca y también fuera habitaban Esaú y Jacob. 
Miente, 'pensamiento', es palabra hoy en desuso, aunque se conserva en la locución Venir a las mientes, 'venir al pensamiento'.

El refrán con distintas variantes siguió apareciendo en las distintas colecciones (Hernán Núñez, Vallés, Correas, DRAE...) hasta nuestros días, donde se mantienen las distintas posibilidades, no pudiendo decir que haya una preferida ni prevalente, aunque todas procuren mantener esa rima que se escabulle de las mientes.

Tabla con dulces florones
De la misma masa, hechos por las mimas manos. No hay dos iguales


Notas

CPU: Sigla de Central Processing Unit: unidad central de proceso, motor, de un ordenador.
IPL: Sigla de Initial Program Load: carga del programa inicial, es decir arrancar el ordenador, ponerlo en marcha de nuevo. 

Bibliografía

  • Campos, Juana G. y Barella, Ana (1993 = 1996): Diccionario de refranes. Madrid: Espasa Calpe.
  • Cantera Ortiz de Urbina, Jesús (2004): Diccionario Akal del refranero sefardí. Madrid: Ediciones Akal.
  • Cantera Ortiz de Urbina, Jesús (2012): Diccionario Akal del refranero español. Madrid: Ediciones Akal.
  • Correas, Gonzalo (1627 = 2001): Vocabulario de refranes y frases proverbiales, ed. Louis Combet, revisada por R. Jammes y M. Mir, Madrid: Castalia. Nueva Biblioteca de Erudición y Crítica, 19.
  • García de Castro, Diego (2006): Seniloquium. Fernando Cantalapiedra y Juan Moreno (eds.). Publicaciones de la Universidad de Valencia.
  • Iribarren, José María (1952): Vocabulario navarro. Pamplona: Editorial Gómez.
  • Iribarren, José María (1994): El porqué de los dichos. Pamplona: Gobierno de Navarra. 6.ª ed. 
  • Núñez, Hernán (1555 = 2001): Refranes y proverbios en romance. Edición crítica de Louis Combet, Julia Sevilla, Germán Conde y Josep Guia. Madrid: Guillermo Blázquez, Editor; 2 vols.
  • Vallés, Mosén Pedro (1549 = 2003): Libro de refranes y sentencias de Mosé Pedro Vallés. Ed. de Jesús Cantera Ortiz de Urbina y Julia Sevilla Muñoz. Madrid: Guillermo Blázquez, Editor.

miércoles, 4 de octubre de 2017

Número 172. María Zayas o el que quiero no me quiere...

Para comentar a María Zayas, autora con la que iniciamos este año el curso en el club de lectura La Acequia, dejo a un lado de ir a los libros de consulta a ver qué comentaban sobre ella los estudiosos de las historias literarias, y en vez de ello me sitúo ante una de las puertas del tiempo, ataviada como más cercana a ella puedo encontrarme, dispuesta a retroceder algunos años a ver, si de esta guisa, consigo captar el espíritu de sus novelas. 

Una foto mía de hace diez años ataviada con un traje seudomedieval naranja y ante una puerta vieja de una casa antigua

Decía que vencía la tentación de ir a ver lo que en su momento me contaron de ella, entre otras razones porque preferencias de mis profesores aparte, tanto en el bachillerato como en la carrera, nadie me habló nunca de semejante dama.  Parece que solo los principales autores, por supuesto varones, son dignos de llegar a las aulas, pero algo se les debió escapar por algún lado a alguien, porque una calle en mi barrio la recuerda, y aunque solo sea por eso, por pasar por ella no pocos días, es nombre que sonaba en mi cabeza.

De la ausencia de mujeres en las lecciones académicas se sigue lamentando al día de hoy la joven filóloga Alba Lara en este oportuno artículo. A remediarlo, aunque sea en parte, parece que quiere ayudar la mismísima Biblioteca Nacional con el lanzamiento de una editatona dedicada a las escritoras. A los que pasáis por este blog os rogaría que no perdáis la ocasión: dar visibilidad a las mujeres escritoras es tarea de todos y no podemos demorarla. 

María de Zayas fue una señora que allá por el siglo XVII escribía, y no solo escribía, sino que incluso publicaba, y con su pelín de ironía y quizás de mala leche, así lo recuerda en las primeras líneas de sus Novelas amorosas y ejemplares, dirigiéndose a un lector mío, que por el contexto apreciamos enseguida que no se trata de un masculino genérico, sino que va directamene a los varones, que aunque elogiaran a doña María —probablemente más por posición social que por reconocimiento sincero— seguían manteniendo sus dudas acerca de si las mujeres eran capaces o no de llevar a cabo ciertas tareas. 
Quién duda, lector mío, que te causará admiración que una mujer tenga despejo no solo para escribir un libro, sino para darle a la estampa, que es el crisol donde se averigua la limpieza de los ingenios.
Nada más atravesar la puerta del tiempo, o si gustáis nada más adentrarme en estas novelas que nos dejó doña María, me encuentro con mis amigas, también ataviadas a su modo, alegres, ofreciendo en un puestecillo de mercado, pues hoy tenemos fiestas y ferias en la localidad, el fruto de su propio ingenio, que ha llegado a ellas de abuelas a madres, y de madres y tías a hijas, en largas noches de cocina, o de brasero y estrado si lo preferís así. 

Puesto de rosquillas en mercado medieval con mujeres ataviadas a la antigua

Y a comentar con ellas voy estas maravillas, pues es sabido que en aquel siglo donde vivíamos nuestra distracción principal era leer y hablar, aunque las comedias de la época, e incluso nuestras propias novelas, se empeñan en pintarnos esperando a los hombres, que parece que toda nuestra vida no tiene sentido sin ellos. 

Ni las comedias ni las novelas dicen toda la verdad, pues en realidad nuestra mejor distracción era hacer rosquillas y otras frutas de sartén, que si lo pensáis bien, es más o menos lo mismo que escribir novelas, pues todo consiste en mezclar bien los ingredientes, ponerles alguna gotita de novedad y otro poco de picardía, y a eso vamos. 

—Ya te dije, hermana, que le ponías demasiado anís, y además se nota que es barato, vamos, que no has buscado mucho en tu despensa literaria.

—Ya quedamos en hacerlas con lo que teníamos, que lo suyo era divertirnos un rato.  

—Pues a mí buenas me saben, y ya llevamos vendidas varias cajas, así que señal que gustan.

—No me gustan las rosquillas, siempre la misma masa, amores y desamores, y a este quiero, pero este me dan...

—¿Y qué quieres? ¿Hacer las rosquillas sin harina ni huevo?

—Pues digáis lo que digáis, donde estén las orejuelas y los florones...

—¿Y las masas que echamos a perder en esos intentos? Quita, quita.

—Lo mejor es hacer las rosquillas y con la receta de siempre, que esa ya sabemos que es segura, que nosotras no hemos ido a ninguna Alta Escuela de Cocina, como han ido ellos, que nosotras lo que hemos visto en casa. 

—Lo nuestro gusta más porque es lo auténtico.

—¡Qué dices! Si la receta que hacemos ahora se la copiamos a aquel cocinero del rey...

—Solo que con más anís, y yo os digo que tanto anís empalaga.

—Las nuestras son artesanas y naturales. 

—Eso porque no te dejamos echar aquel componente secreto...

—Reconoced, por lo menos, que alguna se os quemó en la sartén.

—¡Pues bien que te las estás comiendo, hermana!

—Es que en algo nos tenemos que entretener.






martes, 19 de septiembre de 2017

Número 171. Retahílas: las piedras del saco

Unos libros llevan a otros y yo llegué a este de Carmen Martín Gaite totalmente de rebote. 

¡Me ha encantado!

Y me ha sorprendido por responder a un tema muy actual: la comunicación. La necesidad de decir, de hablar, de comunicar, pero sobre todo de comunicarse. 

Empecemos por la anécdota, el pretexto, que no es ni de lejos lo mejor de la novela, sino quizá su único punto flaco. 

Una anciana centenaria, con ese sexto sentido que parecen tener todos los moribundos en las novelas, siente llegar sus últimas horas. Aún con genio, organiza ella misma, con ayuda de una nieta, su marcha al pueblo donde quiere morir. Va con ellas un baúl, que es el desencadenante de toda una serie de recuerdos. 

La nieta, Eulalia, es una mujer de cuarenta y cinco años, independiente, pero en pleno bache existencial. Llegan al pueblo en ambulancia y Eulalia, espantada por la proximidad de la muerte, huye al monte próximo por donde paseaba de niña, dejando a la abuela al cuidado de una extraña doméstica, en la que enseguida adivinamos que es algo más que una simple criada. Perdida en el monte, se encuentra un caballo, negro, salvaje, desbocado, que le trae oscuros presagios. 

En la casa, el telegrama que ha mandado con las malas noticias a casa de su hermano, ve que ha tenido respuesta en su sobrino, Germán, que se ha recorrido media España de este a oeste, de avión en avión, para estar en esos momentos al lado de su tía. 

Empiezan a hablar, a comunicarse, movidos por una fuerza casi sobrenatural, represada durante años. 




Eulalia desencadena una serie de declaraciones, de reflexiones, de viajes al interior y al exterior, sin solución de continuidad, enhebrando unos hilos con otros, en una estructura de párrafos inmensos en los que muchas veces ni tan siquiera las pausas que marcan los puntos aparecen, pero las pausas se hacen, porque el viaje intimista de Eulalia es para leerlo y saborearlo despacio, pasando casi el dedo por las palabras, por las frases, por los sintagmas... 

Emplea Martín Gaite un lenguaje coloquial lleno de expresiones de andar por casa que, sin embargo, se engarzan con metáforas que explota en todos su matices, ese mundo marino que envuelve todo el cuarto monólogo de Eulalia, por ejemplo: 
—Perdidos andamos todos, hombre. Lo único que a veces puede despertar curiosidad es saber con respecto a qué brújula. Porque a lo largo de la vida no hace uno más que inventarse brújulas... 
Antes de perderse en el mar, quizá sea bueno buscar el cobijo de los muros de casa, por viejos que estos sean, para sentirse seguros allí y dejar salir los temores que queman dentro: 
Incluso, ya ves, puede que alguna vez le preguntara yo a mamá que era la ruina, es probable y me gusta imaginar a mamá que se lo pregunté y que ella buscó la palabra en el texto trayendo el dedo a la línea, como hacía siempre [...] Son como las arrugas de la cara las grietas de una casa, que existen cuando empiezan a importar. 


Es Retahílas un libro de orfandades, de soledades vividas en lo más íntimo, sin que apenas salgan por las grietas de los muros el más mínimo indicio de lo que se cuece en el interior. Hasta que algo hay que rompe el muro y los sentimientos afloran. Tía y sobrino, dos generaciones distintas, dos personas que más allá de los lazos de sangre nada tienen que ver, dos personajes que se han estado buscando durante buena parte de su vidas. 
Y fue pasando un tiempo que no calculo, veteado de cuando en cuando por aquellas tarjetas postales que mandabas desde lugares distintos, y poco a poco dejé de esperar aquel sobre abultado a mi nombre con la explicación que me debías; días y días, noches y más noches y nada, yo creciendo, acostumbrándome al saco de piedras, hay un refrán italiano que dice una amiga de Marga: «El saco de piedras se va acomodando por el camino», pues eso me pasaba a mí según llovía tiempo encima del reinado de Colette. 
No sé si existe ese refrán en italiano o es un invento de la Gaite, en cuya obra no abundan los refranes, pero en cualquier caso es una imagen muy bien traída, la metáfora del tiempo que todo lo cura, porque con el tiempo todo vuelve a su ser. 

Hay demasiadas muertes en esta novela en la que una anciana ha sobrevivido a algunos de sus descendientes... Muertes representadas en ese poderoso caballo negro que se le ha aparecido a Eulalia, y ante el que la mujer siente frío y siente pavor en esa madrugada del verano. 

«Mira a ver ante quién te desnudas, y no me refiero a quitarte la ropa», dice una frase que recorre Facebook, y estos dos personajes, quizá porque en el fondo son tan desconocidos como dos avatares en una red social, parecen encontrar el ambiente adecuado entre los muros de la vieja casa, mientras en un cuarto interior, separado por una pesada cortina, agoniza su abuela y bisabuela. Ninguno de los dos se atreve a entrar, solo Juana, ayudada por el alcohol, parece dispuesta a cumplir con ese deber cristiano de ayudar a los moribundos a pasar el tránsito. 

pintada en el suelo con una cita de O. Paz: "porque las desnudeces enlazadas saltan el tiempo y son invulnerables".


Eulalia, la mujer independiente que ha escandalizado con alguna de sus ideas, que no se ha detenido ante nada, que ha hecho su voluntad, de pronto se ve superada por la edad y por la muerte, por ese caballo de la Muerte que se se le ha aparecido. 

Germán nos deja la imagen del niño pijo, al que no le faltan amigos con los que divertirse, estancias en Londres, dinero en el bolsillo para ir y venir, novias, que se da cuenta, justo la noche anterior cuando pasea con una amigo por la playa, de lo importante que es hablar, coger el hilo de la propia vida...

Retahílas, una novela con tantos aciertos, a la que habrá que volver para saborear cómo Eulalia y Germán van acomodando a fuerza de reflexiones las piedras en el saco de sus vidas. 


jueves, 31 de agosto de 2017

Número 170. Espejo de mujeres

Un amigo me recomienda, a través de las redes sociales, un artículo que no me puedo perder de Carmen Posadas

Como me fío del criterio de mi amigo, y además el artículo echa mano de un conocido refrán, me voy a él con el corazón abierto, pero veo enseguida que Carmen Posadas sigue encaramada en ese pedestal del que nos mira a todas, y de paso a todos —que aquí no se salva nadie— con superioridad intelectual, y hasta moral, y no termino de ver los entusiasmos de mi amigo.

Habla Carmen Posadas de los modelos que imitábamos, aquellas mujeres en las que nos veíamos, las que nacimos a mitad del siglo pasado: Virginia Woolf, Simone Weil, Simone de Beauvoir. Siempre me han interesado estos temas, y si bien la Woolf y la Beauvoir me sonaban, la Weil tardó en entrar en el círculo de mis conocidas. De todas ellas he ido sabiendo a lo largo del tiempo, a lo largo de los años, pero desde luego en mi juventud sabía poquísimo de ellas, así que malamente podían ser admiradas y menos tomadas como ejemplo. Echémosle la culpa a los años de la dictadura, a ver si cuela. 


Simone Weil 1921

Mi asombro crece cuando continúo leyendo, llegamos al siglo XXI, y cito textualmente, que para algo existe el copipega: 
Pasaron los años, llegó el tan esperado siglo XXI, ¿y cuáles son ahora nuestros referentes, nuestros modelos? Todos los años medios prestigiosos, como las revistas TimeForbes, elaboran listas de las mujeres más influyentes del planeta. Patidifusa se queda una al comprobar que, codeándose con Theresa May o Angela Merkel, aparecen en ellas y en lugar relevante reinas de la vacuidad como Kim Kardashian, emperatrices de molicie inane como Paris Hilton y señoras cuya única gesta ha sido casarse con multimillonarios y/o heredar. A los iconos patrios no hace falta que los mencione, porque los conocemos todos. Señoras monísimas (algunas bastante añosas) sin más mérito conocido que vender su vida y miserias a golpe de exclusiva; enhebradoras de un marido -o amor o amorcete- tras otro cuanto más rico e importante mejor; y luego, vociferantes princesas del pueblo con serias dificultades para aprobar la ESO. ¿Qué pasó, en qué nos equivocamos nosotras, las mujeres de la generación que rompió con el modelo femenino tradicional, para que hayamos vuelto a valores mujeriles tan retrógrados?
Me suena algo Paris Hilton, pero ¿quién es la Kardashian? Me niego, por otro lado, a pasar por esa catarsis falsa que nos lleva al examen de conciencia del «qué hecho mal». 

No me he acercado nunca a las listas de Forbes, pero sí a la lista de mujeres más influyentes en España, y a alguna de ellas, incluso, he llegado a conocer personalmente. Lejos de mí empeñarme en imitarlas, pero tampoco veo razón para alarmarse: la lista responde al medio del que ha salido, esa España oficial mediática, tan alejada de la realidad en la que me muevo. 

Es más, tratando de pulsar cuál es realmente el sentir de las mujeres como yo, aquellas con las que quedo, con las que tomo cañas, con las que comparto lecturas y memes por WhatsApp, hago una encuesta de las mías, acientífica total, sin criterio muestral alguno, y sin otro resultado que «estas son las mujeres a las que admiran mis amigas que han tenido a bien contestar a mis tontunas veraniegas». Sí, también hay algún amigo, por eso de las cuotas.

Empezamos:
  • María Moliner, porque hizo ella solita un diccionario (esta, confieso ser yo, que rompí el hielo).
  • Clara Campoamor, porque luchó por el derecho a votar de las mujeres.
  • Frida Kahlo, pintora, gran mujer interesante e inteligente.
  • Marina Garcés, profesora de filosofía en la universidad de Zaragoza, por impulsar un pensamiento crítico y experimental. (Aquí, lo confieso, empecé a ir a la Wikipedia. ¡Estupendo que te hagan saber de alguien a quien no conoces!)         
  • Lynn Margulis, fallecida en 2011, bióloga que revolucionó la teoría de la evolución de nuestras células. (¡Caray!, las respuestas a las preguntas tontas empezaban a ser sumamente elaboradas.)                      
  • Sonia Fernández-Vidal por hacer asequible la física cuántica para la gente joven. (Esta sí salió en Forbes.)
  • Irene Montero, por su valentía y su potencia política.
Lynn Margulis

Había quien incluso se explayó más allá de lo demandado: 
Hay montones de mujeres admirables. Pocas veces son famosas porque los medios de comunicación raras veces se ocupan de los éxitos femeninos. No hay más que comparar el tiempo dedicado al deporte masculino y al femenino. Queda claro que éste es un tema que me preocupa mucho. 
Sigamos con la lista, pero antes: 
—Déjame pensar, supongo que la madre no vale.
—No, tienen que estar cuanto menos en la Wikipedia.


Evita color


  • Ada Colau, mujer potente donde las haya. Tiene la cabeza muy clara y energía para hacer lo que dice. Yo la admiro mucho.
  • Admiro a Madame Curie especialmente.
  • Eva Perón porque fue inteligente y disfrutó.
  • Yo admiro profundamente a Gloria Fuertes.
  • La madre Teresa de Calcuta, por su entrega a los pobres.
  • El primer nombre que se me ha venido a la cabeza es Dolores Ibárruri. Razones conocidas, aunque discutidas, pero salvando el hecho de que yo no estaba allí, algo que hago el 99% del tiempo, yo sí creo en ella.
  • Literariamente el primer nombre que se me ha venido a la cabeza es María Teresa León, literariamente muy buena, pero como mujer: ejemplar, generosa, quizá un poco demasiado humilde…
  • Malala.
  • Marguerite Yourcenar, for instance. Aunque mis modelos preferidos son Ana Mato, Ppdal, la Rita, la Pantoja y la Plagiaria. Todas pelotudas.
¡¡¡Por fín!!! ¡¡¡Una respuesta en la línea de lo manifestado por Carmen Posadas!!! ¡¡¡Ya me ha costado conseguirla!!!


Isabel Pantoja - 07


Gracias a todos los que habéis contestado, y a los que pasáis por aquí, y perdonad esta pequeña broma, totalmente seria. 

miércoles, 23 de agosto de 2017

Número 169. El convento de San Ildefonso en Ajo

Todavía quedan lugares que no te han marcado en el mapa de la oficina de turismo y a los que llegas porque un indicador de carretera de fondo rojo te lleva a ellos.

Uno de esos sitios es el convento de San Ildenfonso cerca del cabo de Ajo, aquel que según la retahíla que aprendimos de pequeños estaba en Santander, entre el de Machichaco en Vizcaya, y el de Peñas en Asturias.

Al llegar nos recibe un chico simpático, se llama Borja como nos dirá más tarde cuando le preguntemos, y se ve a la legua que le gusta lo que hace, recibir peregrinos, porque por allí fluye el Camino del Norte, y turistas despistados.

—¿Se puede visitar?

—¡Por supuesto!

Y nos indica que en la sala en la que estamos hay una interpretación del Camino del Norte y algunas tallas, que en la sala de arriba podemos ver un vídeo abundando sobre el tema y que también podremos pasar a la capilla y a las ruinas del claustro.

Antes de iniciar la visita nos muestra el retrato de un sacerdote joven, al parecer donó todos sus bienes para la restauración del convento.

—¿Era rico?

—No, pero era un hombre austero y acopió de aquí y allá. Está bien que se le recuerde.

Esta viajera no anotó el nombre del sacerdote benefactor, así que debe quedar en el anonimato, al menos por ahora.

Pasamos a la iglesia que Borja denomina capilla, y yo, no sé por qué, me imagino que es buena iglesia y buen entorno para celebrar bodas y que la novia avance ceremoniosa del brazo del padrino por el pasillo central. Nos explica Borja que la única nave está dividida en dos por una reja original, en medio de la cual se sitúa el púlpito y que la parte de delante estaba reservada al clero y la de atrás al pueblo. 

En la parte de adelante nos dirige a la imagen orante del fundador, Alonso de Camino, que estuvo al servicio del rey Felipe II del que obtuvo numerosos bienes y favores. Nos cuenta también que estamos en el primer monumento herreriano de Cantabria y que si la construcción y el orante nos recuerdan, aunque sea vagamente, al monasterio de El Escorial hay razón para ello, pues fueron maestros canteros transmieros los que trabajaron a las órdenes de Herrera, y que el fundador del convento, Alonso de Camino, aprovechó para su propia obra. Por copiar copió hasta la pose del rey en su propio sepulcro, escultura elegante que ocupa el lado izquierdo de la parte más adelantada de la nave.
Sepulcro de Alonso de Camino

Por encima de él se nos muestra un balcón cegado, que en su tiempo daba a las estancias del fundador y desde el que asistía a la misa, seguimos copiando costumbres escurialenses. 

Se entretiene Borja en contarnos, por si conocemos a alguien que lleve el apellido Camino —y efectivamente lo conocemos— el origen del linaje, que se remonta al siglo IX. Allí un noble francés vino en peregrinación a Santiago siguiendo el Camino del Norte, y al volver pasando por los mismos lugares, al pasar por la Transmiera se enamoró de una joven con la que se casó. Tan agradecido estaba al Camino que adoptó para sí y su familia dicho apellido. Al parecer solo hay dos linajes en España con el apellido Camino. Lo mío no es la genealogía ni la heráldica, así que dada la noticia, para lo que pueda valer, seguimos con la visita a la interesante iglesia herreriana.

Hay una imagen de santo Domingo de Guzmán sobre unas andas, y Borja nos explica que es el patrón del barrio. Don Alonso de Camino fundó el convento para los carmelitas descalzos, pero duraron poco y los sustituyeron los dominicos. Las sucesivas desamortizaciones del siglo XIX provocaron la ruina del convento hasta nuestros días. 

El altar mayor es sumamente interesante, pintado y labrado en piedra arenisca de la zona está magníficamente conservado, si pensamos el abandono en el que ha estado por años el convento. En la parte central, san Ildefonso, que da nombre al convento, recibe la casulla de manos de la Virgen, hecho que tan bien supo cantar el maestro Berceo:
Fízoli otra gracia cual nunca fue oída:
dioli una casulla sin aguja cosida;
obra era angélica, non de homne tejida,
fablóli pocos vierbos, razón buena, complida
altar mayor del convento de San Ildefonso

Salimos a las ruinas del claustro, ahora consolidadas y limpias. Durante años fue casa de animales y maleza, hoy están limpias y consolidadas, con el suelo de piedra resguardado por una cubierta de protección. Los ojos de buey son los originales y han podido recuperarse. Otro montón de piedras espera en un rincón poderles dar un buen fin. El aljibe en medio del patio sigue recogiendo el agua de lluvia, en otro tiempo dio de beber al convento y a los vecinos.

Desde allí nos explica Borja que la ría está muy próxima, y que los peregrinos una vez que eran pasados desde el otro lado por un barquero, subían al convento como una etapa más de su viaje. Hoy el espíritu hospitalero que recorre todo el Camino de Santiago se ha recuperado en aquel rincón de Cantabria.

Hablamos de lo que ha supuesto para ese barrio, el barrio del Convento, la recuperación de su edificio principal, para usos religiosos y culturales.  «Antes —nos dice— tenían que llevar los muertos a Bereyo.» La recuperación la inició Revilla, se paralizó con el gobierno del PP, y ahora aunque vuelve a estar Revilla, llegó la crisis que tanta mella ha hecho en todo.

aljibe en la mitad del patio del claustro


Hablamos de los molinos de marea, que yo recordaba de una charla de Jacobo en Quintana hace años, y nos habla de que uno de ellos ha sido recuperado y es visitable. Nos da amablemente las indicaciones para llegar a él, y nos da abundante información, además de mapas, más indicaciones acerca de los alrededores, como la ermita de San Julián, en Güemes, con una exposición de temas camineros, y además nos regala una revista con información práctica de todo lo que hay que visitar en Cantabria.

Es entonces cuando nos dice:

—Llevaos esto, que os vais a acordar de mí.

Y es cuando yo le digo:

—Pues para que me acuerde mejor, dime cómo te llamas.

—Borja.

lunes, 31 de julio de 2017

Número 168. Año de jerbas, nunca lo veas

Hace algunos días, en una reunión familiar, mis mayores comentaban que no habían conocido año como este, ni trigo, ni vino, ni fruta —mi peral tiene una triste pera y la manzana ya se cayó agusanada—, ni huerta, que se cae la flor de los tomates sin que salga el fruto y los calabacines no crecen, ni nada de nada.

—Es que año como este nada de nada.

—Dicen que año de jerbas, nunca lo veas —abundó uno de mis tíos—, pues este año ¡ni jerbas!

A mis oídos refraneriles no se les pasó por alto esta variante del más conocido y clásico, Año de brevas, nunca lo veas, así que decidí tomar nota.

Jerba es la variante local de serba, fruto del serbal (Sorbus domestica). Las jerbas, al contrario de las brevas, no eran muy apreciadas por estos lares, ya que se las consideraba un alimento marginal utilizado mayormente para cortar las diarreas por su poder astringente. Las brevas es bien preciado con el que nos obsequia el final de la primavera, principios del verano, pero el refrán clásico nos habla de que el año en que son abundantes, la cosecha de cereal, alimento básico de animales y personas, suele escasear, así que ¿las jerbas también? ¿El año que abundaban había sido malo igualmente para el cereal?

Sin más abundamiento, pensé o bien que mi tío había sufrido una confusión fonética de brevas por jerbas, o bien había adaptado el refrán clásico a la conversación. Sin embargo, la consulta a los refraneros me iba a proporcionar alguna sorpresa.

Por ejemplo, no solo las brevas, parece que la abundancia de peras tampoco es buena señal para las cosechas básicas: Año de peras, nunca lo veas.


Una pera en el árbol


Los asturianos (Viejo Fernández, 2012) nos dan abundante información sobre este aspecto:
Añu de munches peres, al otru de penes [Año de muchas peras, al otro de penas].Pues habrá escasez de cosecha escasa al año siguiente.
Otras variantes y versiones de sentido equivalenteAñu de munches peres, al otru de peruyes [Año de muchas peras, al siguiente de peruchas] (peruya, que hemos traducido recurriendo a un sufijo despectivo de sentido similar, es propiamente una variedad de pera, silvestre o no, de menor tamaño y calidad que la normal). Cf. Si un añu ye de peres, otru de peruyesAñu de peres, nunca vinieres [Año de peras, nunca vinieras].
Refranes más duros y más genéricos encontramos todavía en una reciente antología (García-Borrón, 2017: 427):
Año de frutas, nunca lo veas; palabras de putas, nunca las creas.
Volvemos al refranero asturiano (Viejo Fernández, 2012) para ampliar la lista de cultivos aparentemente incompatibles: 
Añu de yerba, añu de mierda [Año de hierba, año de mierda].
La abundancia de hierba guarda relación con la de lluvias que, por su parte, pueden ser perjudiciales para otro tipo de cosechas orientadas al consumo humano.
Otras variantes y versiones de sentido equivalenteAñu de yerba, añu de miseria. Añu en qu' heba muncha yerba, poca grana na panera [Año en que haya mucha hierba, poco grano en la panera]. Añu de yerba, nunca elli venga [Año de hierba, nunca él venga].
Igualmente el más clásico refranero castellano ya nos prevenía contra la abundancia en el huerto allá en el mes de mayo, aunque este año no haya sido tampoco el caso:
Mayo hortelano, mucha paja y poco grano.
«Pues este año no comemos tomates», insistían mis mayores, mientras observadores más jóvenes comentaban de la práctica ausencia de abejas, avispas, abejorros y otros insectos polinizantes. A lo mejor ese riesgo del que nos prevenía la prensa muy especializada sobre la muerte de las abejas y sus consecuencias ya la tenemos aquí. 
¿Pero y las jerbas?, dirán mis lectores enganchados todavía en el título de este post. La respuesta la encontramos en el refranero catalán que nos dice: 
Any de serves, mai lo veges y Any de serves, any de penes 
Literalmente, Año de serbas, nunca lo veas y Año de serbas, año de penas. Sobre la primera variante explican que el año en que se veían obligados a comer serbas es porque había habido malas cosechas, no solo de trigo. 
Ahora entendemos mucho mejor el lamento de mi tío: ¡Este año ni jerbas!
Los refranes viajan y de cómo llegó y por qué caminos este refrán, documentado en el Maestrazgo, a Burgos, seguirá siendo una incógnita, pero antes de despedirme quiero dejar otro testimonio de la sabiduría paremiológica del refranero, muy en consonancia con el uso más habitual en Burgos para las jerbas:
A mal de cagar, no hi valen serves
Es decir que contra las diarreas fuertes, poco pueden hacer los remedios más tradicionales.


Referencias

miércoles, 26 de julio de 2017

Número 167. Fuentelisendo

Había pasado siempre con prisas por Fuentelisendo, con la prisa del que pasa por la carretera camino de otro lugar: los 50 por hora a los que obliga la travesía dan para apreciar un puñado de casas, y una iglesia en lo alto, como asomada a un balcón y poco más. 

Y digo lo del balcón a propósito, porque ya dentro, a poco que camine por sus calles en busca de la iglesia, uno se da cuenta de que este pequeño pueblo es un balcón asomado a ese valle que forma la N-122, esa carretera que discurre entre viñedos a su paso por el sur de la provincia de Burgos. 

Es mediados de julio de un día de entre semana y las calles están vacías. No hace excesivo calor, el día ha salido apetecible y sin embargo, se tiene la sensación de que todos sus habitantes permanecen aún en sus casas, no atreviéndose a salir, esperando a que caiga la tarde aún más.

Casi por instinto, y tras serpentear con el coche por callejuelas cuesta arriba, y alguna cuesta abajo, llego a una placita relativamente amplia, donde en un extremo se ven dos arcos que tienen toda la pinta de cobijar una fuente y a sus pies un pilón. Estoy en el downtown, como me dirán más tarde, pero o nos adelantemos.
arcos de la fuente, barandilla y pilón. Por encima de la fuente se ven parras

Dejo el coche casi allí mismo y me dirijo a pie a la fuente, estoy ante el lugar en que la Wikipedia considera el origen del pueblo, o al menos del nombre, Fuente Lisendro. No hay que olvidar que son varios los pueblos que en la comarca llevan en su nombre la referencia al agua, a las fuentes: Fuentemolinos, Fuentecén, Fuentenebro y un poco más alejados Fuentespina y Fuentelcésped. 

Una terraza parece servir de techo a este conjunto, y por ella asoman unas cepas, estamos en la Ribera. Rodeo el monumento para admirar el parquecillo que lo corona y me reafirmo en que este pueblo es un gran balcón.


El agua del pilón, que no ha estrenado todavía este año las remojadas de los mozos en fiestas, me refleja casas de diversas formas y tamaños, grandes y pequeñas, nuevas y viejas, con las persianas bajadas y los postigos cerrados. El pueblo duerme y solo de vez en cuando se oyen rumores, alguna voz que sale de algún portal, pero todo vuelve enseguida a la calma.

Empiezo a caminar guiada por la torre de la iglesia, nadie en mi camino, solo puertas cerradas, persianas bajadas, talanqueras ajustadas...

El barrio de la iglesia me descubre el barrio de las bodegas, cerro arriba, con sus puertas arruinadas, sus techos caídos y sus zarceras sobrevivientes. Un cartel informa de la disposición de aquel barrio donde en otro tiempo múltiples bodegas y lagares dejaron su impronta. 


subida a la iglesia e inicio de la calle principal de las bodegas


Sigo hacia la iglesia entre zarceras y casas —es un pueblo, sobre todo en la parte alta, en el que conviven casas, bodegas y lagares—. La iglesia se abre en lo alto ante otro espléndido balcón, ya hemos dicho que es un pueblo lleno de balcones, que miran hacia el sur. Desde ese privilegiado mirador pueden verse algunas viñas primorosamente cultivadas, con las cepas aliñadas como los niños en un cuadro de gimnasia sueca. Justo enfrente de la iglesia, casi se tocan, hay un lagar cuidadosamente renovado. Está cerrado, pero se ve que se ha querido preservar para la posteridad. A pesar de que muchos pueblos en la Ribera conviven en un mismo espacio, generalmente un cotarro o cerrillo, la iglesia y las bodegas, creo que es la primera vez que veo la iglesia y un lagar tan juntos. 


Lagar visto desde la iglesia


Desciendo hacia lo que es el centro del pueblo, más casas cerradas, alguna habitada, pero con las persianas bajadas, no se ve un alma.

Una terracilla adornada de vides me saluda, otro balconcillo que se abre al valle, otro lugar para pararse, tomar una foto y fijarse en que a pesar de lo temprano de la estación, estamos tan solo a 20 de julio, ya hay racimos pintados. Por Santa Ana (26 de julio) pintan las uvas, dicen en los pueblos donde la uva madura pronto, pero en la Ribera todo va un poco más tardío. Aquí tenemos una clara excepción, se ve que el sol que reciben estas plantas hace su labor, y las casas les dan abrigo frente a las heladas. 


racimo pintado


Llegó a la plaza y me recibe el soberbio edificio del ayuntamiento y un árbol copudo y frondoso que preside otro gran balcón.


enorme árbol en el centro de Fuentelisendo


Balcón que se abre sobre los tejados del pueblo bajo y sobre el frontón que hay al lado, bajando unas escaleras, y que sin duda servirá también para pista de baile y otros usos. Unas pintadas nos hablan de un Fuentelisendo más juvenil, más gamberro, dirán algunos, pero los jóvenes no están en esta tarde de julio, solo su colorida huella en la pared.


frontón


Llevo una media hora paseando por el pueblo y todavía no me he cruzado con un alma.

De balcón a balcón me fijo en el que se abre en la fachada principal del ayuntamiento, y sobre él una inscripción que dice que se hizo reinando Carolo, el IIII esta vez, y el número romano aparece así escrito, con cuatro palitos.


balcón con inscripción de cuando se hizo el edificio

Un leve murmullo de voces me llega, pero sigo sin ver a nadie. De la misma fachada del Ayuntamiento parte la calle la Fragua, y me parece curioso que tal actividad, normalmente un poco relegada a la parte baja, hubiera podido estar junto a la parte más noble del pueblo: la iglesia le da la mano al lagar y a las bodegas y el ayuntamiento a la fragua.

Calle abajo sigo viendo lagares arruinados, casas abandonadas, entradas a bodegas en el cogollo del centro... Por un momento pienso que este pueblo tuvo más bodegas que casas, si sumamos todas las de barrio alto y las que aparecen entre las casas. 


entrada a bodegas en calle principal

Se va echando la hora que me he marcado, así que dirijo mis pasos hacia el coche y es entonces cuando oigo voces claras y distingo siluetas. Son dos hombres que han salido a dar su paseo vespertino y se andan preguntando de quién será aquel coche que no les es familiar. No me cuesta pegar la hebra con ellos, pronto se suma un tercero al que acompaña un perrillo. 
casa de dos pisos que parece habitada. Fachada enfoscada en tono ocre, cercos de las ventanas y balcón en ladrillo visto


Me hablan de la fuente: «románica», me dice el uno; «el downtown del pueblo —añade el otro— que aquí se reúne la gente». Hablamos de lo deterioradas que están las bodegas, y me aclaran que alguna van arreglando como merenderos, pero pocas. Les pregunto si tiene bar, y me responden que ahí fallan, que solo abre algunos fines de semana y en el mes de agosto, que en ese pueblo no son gente de bar. Sí me confirman que hay centro social de mayores, en los bajos del ayuntamiento, donde se reúnen las mujeres a jugar a las cartas y de donde probablemente saldrían los murmullos que oí cuando andaba en las cercanías.  

Me despido y según abandono el pueblo voy viendo algún viejecillo que toma el sol de la tarde sentado en algún banco del camino que rodea el pueblo, y un imponente tractor con remolque que va, no viene, a sus labores. 

Nota final: Para completar el paseo se puede visitar este blog en el que se da noticia de algunas curiosidades y del posible origen románico de las piedras de la fuente. 

sábado, 22 de julio de 2017

Número 166. Las informáticas de los ochenta

Esta entrada es atípica, no habla de refranes, ni de libros, ni tan siquiera de pueblos pequeños visitados a mi aire en ratos perdidos. Esta entrada está llena de nombres propios, y lo está porque está dedicada a todas las compañeras que allá por los ochenta, y algunas antes, estábamos ya pegándonos con los bytes.

La revista El Jueves, siempre tan aguda, dedica un temazo a los ordenadores de los 80, pero mire usted que en ninguna de sus viñetas aparece una sola mujer frente a alguno de aquellos añorados cacharros, y sin embargo, estábamos, y probablemente más de una añore el suyo, el suyo personal, y aquellos tiempos del cuplé.

Empezaré por una foto de mi primer ordenador personal, mío, mío, pagado con mi dinerito, que no quiere decir que fuera el primer ordenador ante el que yo me sentara. Todavía lo guardo, y más de una vez he pensado en donarlo a algún museo.

Ibm-convertible
IBM PC CONVERTIBLE

Hablamos de ordenadores personales, en el doble sentido de la palabra personal, pero es que para entonces, nosotras, las informáticas de los años 80, ya nos pegábamos a diario con grandes ordenadores, los mainframes, que por sí más sus periféricos ya ocupaban varias salas. Y si no pongo foto es porque eran muy poco fotogénicos y en las películas tenían que recurrir a las unidades de cinta dando vueltas para simular que los bits se movían por allí dentro.

Y allí estábamos, al pie de la consola, las informáticas de los 80, mis compañeras más cercanas, de las que seguro que olvido alguna: María José (la Atómica), que sabía mucho de una cosa llamada MVS; de Susi, Merche (que se nos murió un 8 de septiembre), que andaban enredando en las redes telemáticas; Maricarmen, María Antonia, Luci (a la que no vamos a dejar fuera), Cecilia (que también murió), que lo tenían todo a punto; Mariví, que operaba con soltura aquellos cacharros; Conchita (le jefa de los jefes); la otra Conchita y Rosa, del otro departamento, que probaban nuestros estropicios las largas noches en vela... 

Y luego estaban las que llegaron después, ya con su titulación en Informática bajo el brazo, como Fátima... Y como digo, he querido nombrar solo a las más cercanas departamental y geográficamente hablando, porque no me olvido de las informáticas del Centro de Proceso de Torrejón. Y seguro, seguro que me he olvidado a más de una, pero a esa le pido disculpas especialmente, y sé que comprenderá que las neuronas nos van fallando.

Sí, también teníamos nuestros referentes, las que sabían lo más de lo más, a las que acudía todo el mundo en apuros, las que siguieron demostrando su mucha valía años y años después, y entre ellas una con nombre y apellidos: Maripa Gimeno López-Dóriga. 

Y esta entrada se la dedico a mi referente particular, a Encarna Lillo, que me ayudó a perforar mi primer programa (en FORTRAN IV), en el Centro de Cálculo de la Complutense. Estábamos a mediados de los 70.