domingo, 10 de diciembre de 2017

Número 178. La noche que no paró de llover. ¿Consejos vendo?

Hay libros de los que no sabemos muy bien si a modo de halago o todo lo contrario, se dice que «son fáciles de leer», no es el caso de La noche que no paró de llover de Laura Castañón.  

No tuve ocasión de leer el libro anterior de esta autora, que con ocasión de su presentación en sociedad visitó el club de lectura La Acequia en el 2014. Por lo leído, esta novela anterior, Dejar las cosas en sus días, dejó muy buen sabor de boca entre sus lectores. 

A pesar de que su primera novela tardó en llegar, Laura Castañón lleva mucho tiempo en la literatura, impartía talleres de escritura, y allí, viendo los resultados en su novela, no me la puedo imaginar dando consejos a esos alumnos, ávidos de aprender ellos también a escribir. 

Un comentario al margen, pero creo que oportuno: Está en las pantallas la película El autor, sobre una novela, también su primera novela, de Javier Cercas. No quedan muy bien parados los talleres de escritura, o al menos las personas a su cargo, en ella. Confieso que a pesar de tener algún amigo que se gana la vida con estas cosas, miro estos talleres con un poco de suspicacia. En opinión de otro amigo, al que le tocó ser jurado en un par de certámenes, se puede enseñar y aprender a juntar las letras, pero el talento literario, eso es otra cosa. El «era de noche, y sin embargo llovía» tiene más de realidad que de tópico. 

En esta novela, en la noche y la lluvia son mero accidente, también aparece un taller de escritura, aunque su función en ella también sea accidental. Es lógico, escribimos de lo que conocemos, o como mucho de aquello a lo que nos han llevado otras lecturas anteriores. Cómo hacer para expresar esas ideas, cómo llevarlas al papel, es otro cantar.


Calle solitaria en noche lluviosa. Sombras y luces reflejándose en el suelo mojado.


Laura Castañón ha elegido sin duda el camino difícil, el curso más avanzado de esos que imparte, donde los alumnos son capaces de enlazar subordinada tras subordinada, meter incisos, algún paréntesis, con más de una coordinada de por medio... En fin, un reto de esos que les gusta ponernos a mi amigo Nelson cuando nos mete en jueguecitos de cadáveres exquisitos: «Valen todos los signos menos el punto y seguido. Sí, admiraciones e interrogaciones valen, pero sin que cierren periodos».

La propia autora es consciente de esa complejidad discursiva y ya desde las primeras páginas hace reflexionar a uno de sus personajes sobre ese enrollarse hasta perder el hilo. Emma lleva una especie de diario, un diario cuyos párrafos ocupan páginas enteras, puntuados correctamente, sin originalidades —¡menos mal!— pero sin puntos y seguidos. Veamos un ejemplo a través de la pluma de Emma: 
O cuando me dio por la jardinería y le pedí a mi madre que me dejara montar un minijardín en una parcelita del prado delante de su casa y lo único que conseguí fue joderle el césped, porque me puse con mucho ánimo un día a mover la tierra y así la dejé, profundamente cansada y convencida de que nunca tendría uno de esos jardincitos que me montaba en mi cabeza, así quedó, la tierra removida, para cabreo de mi madre, y todos los bulbos (de narcisos, de tulipanes, jacintos, crocus, amarilis, ranúnculos, iris, anémonas y hasta de rosa de Jericó, que otra cosa no, pero yo la teoría la tenía muy clarita, y el jardín de mis sueños estaba perfectamente diseñado en mi imaginación, que otra cosa era doblar el espinazo y ensuciarme las manos, aunque me hubiera comprado unos guantes monísimos y una colección de herramientas que iban en los bolsillos del delantal), todos los bulbos, digo, que escribo frases tan largas que luego pierdo el hilo, todos los bulbos terminaron pudrirse en el cobertizo, porque mi madre, rencorosa como ella sola y además claramente dispuesta a que quedara bien patente que esa era otra más de mis volubles chifladuras, ni siquiera aprovechó en sus macetas.  
¡Hija de mi alma! ¡Cómo no vas a perder el hilo y cómo no vamos a perderlo los lectores con estos parrafitos!

Así que no avanzamos, llevamos ya algunos días con la novela y no hemos conseguido leer demasiadas páginas. No, no es una novela de fácil lectura, porque nos obliga a volver sobre nuestros pasos. Si en vez de estar leyendo una novela estuviera leyendo uno de esos documentos de mis compañeros de trabajo, bramaría en arameo y echaría pestes de la falta de habilidades comunicativas de muchos cerebritos. 

A pesar de ello, seguimos pasando páginas y eso algo quiere decir, porque a pesar de la sintaxis compleja, la novela se lee y se lee, y al descender casi a nivel de las palabras nos encontramos un lenguaje directo, coloquial, con una freseología actual que daría para hacer una tesis...

Un personaje le pide a otro en un momento de la novela cuando la comunicación cara a cara debe interrumpirse y debe seguir por escrito: 
Hazlo como si me escribieras una carta, dices, pero, pero una carta muy larga, que no es necesario terminar en un rato. Hazlo como si hablaras conmigo en la consulta, repites, no te preocupes por el estilo, ni por escribir bonito, simplemente como si hablaras...
«Dices», «repites», muletillas del lenguaje coloquial, de la forma de hablar que todos tenemos y que se cuelan en el texto dándole agilidad. Estamos ni más ni menos que ante una muestra más del lenguaje ordinario elevado de categoría, ese que ha consagrado a algunos grandes de la literatura, y no digo nombres, ni pongo ejemplos... Esa forma directa de comunicar no solo cuando las protagonistas entran en sus soliloquios o escriben en su diario, sino también cuando la narradora omnisciente toma el papel de esos otros personajes que no cuentan directamente su experiencia, sino a través de ella, de Laura Castañón, porque ahí la autora ha sabido también meterse en sus zapatos y expresarse como se expresarían ellos. 

Decía que en esta novela, a la que según mi parecer le sobran frases, la fraseología ocupa una buena parte, y ahí sí que no sobra más que lo que proporcionalmente sobraría si la novela fuera más reducida. No solo no elude Castañón las frases hechas, las expresiones fijas, sino que las utiliza de forma consciente y a veces hasta metalingüística: «dulce espera, dicen los cursis». Fórmulas que se repetían otrora y que la autora actualiza e incorpora al hilo de su discurso: «Ya me contarás qué ganas podía tener él de recibir una carta con cuatro frases (cuatro letras, que se decía como fórmula)».

Hay en la novela también un puñadito de refranes puestos sobre todo en boca de Valeria, una distinguida anciana, y a los que quizá dediquemos otra entrada, ya que es uno de los objetivos de este blog, hablar de refranes. Los refranes son cosa de viejos, las generaciones más jóvenes recuerdan citas, frases célebres, letras de canciones, como aquella que inmortalizaron Albano y Romina Power: «y que si un beso en la calle y otro en el cine, la felicidad, y el trago de vino que hace camino al andar,o como fuera, que ya no me acuerdo bien, la felicidad...». 

Emma siempre tiene una canción rondándole por la cabeza, una canción con la que termina sus entradas en el diario, una canción para rematar el día, cuyas letras no son muy fáciles de recordar, por lo que sin duda ha hecho la autora un esfuerzo de documentación adicional. Eso, o bien ha tirado simplemente de su propio archivo para reflejar los gustos de una generación que a juzgar por los resultados se inclinaba más por los gustos de la generación anterior, la de la propia autora, que los que pertenecerían a esa generación de mujeres en la treintena rondando la cuarentena que nos quiere retratar. 

Antes de terminar este comentario dedicado a la parte externa de la novela, tiempo habrá de dedicarnos a la interna, quiero destacar el uso acertado de asturianismos de los que se ha servido la autora. Sin duda colaboran a crear ambiente, un ambiente húmedo, gris, con la luz del atardecer reflejándose en los charcos, en las salpicaduras léxicas esparcidas aquí y acullá. 

Y como suele hacer el compañero de lecturas Pancho, yo también termino con un vídeo.

Colaboración para el club de lectura La Acequia.

lunes, 13 de noviembre de 2017

Número 177. De apellido notorio, Tenorio.

Nos invita el profesor Ojeda, que con diestra mano guía el club de lectura La Acequia, a hacer un paréntesis en nuestras lecturas y dedicarle unas líneas a Don Juan Tenorio, la universal obra de don José Zorrilla, en cuyo bicentenario andamos. 

El colega de lecturas, Paco Cuesta, lo ha dicho ya casi todo: nos gusta esta obra porque es puro teatro, así que en primer lugar, y con ayuda de la Wikipedia, que tiene una estupenda entrada sobre esta obra, intentaré hilar alguno de mis recuerdos. 

Posiblemente mi primera experiencia teatral fuera en el Español en 1968, ya que tengo clara la imagen de José Luis Pellicena y de una jovencísima Ana Belén, pues ambos daban muy bien en escena.

Recuerdo también otra representación, pero aquí sí que no puedo precisarla, en el que el escenario se inundaba de luz y color. En el primer acto, don Luis y don Juan medían y pesaban sentados en los extremos de un balancín colocado sobre un cubillo en la famosa Hostería del Laurel: 
Yo a los palacios subí,
yo a las cabañas bajé,
yo los claustros escalé
y en todas partes dejé
memoria amarga de mí. 
La fraseología de Tenorio, creo que poco estudiada, ha ido dejando su huella en el habla de todo español que se precie. ¿Quién no lleva en su memoria alguno de los versos más conocidos y lo saca a colación cuando la ocasión invita a ello?

Recuerdo también el año en que Armando Calvo y Elisa Ramírez pusieron el cuerpo y la voz a don Juan y a doña Inés. Larra, fino crítico teatral, ya se lamentaba de los actores que debido a su edad «no daban el papel». Don Armando, que había hecho el papel en numerosas ocasiones, se sabía el texto de corrido y lo declamaba con magisterio, pero lamentablemente su físico no le permitió coger al vuelo a una doña Inés desmayada en sus brazos, y la actriz tuvo que pasar los suyos por el cuello del galán y casi arrastrarlo en el mutis de la escena IV del acto tercero.

Brígida siempre me ha parecido un gran personaje. De hecho si a mí, como a las grandes actrices, me hubieran preguntado en un tiempo qué papel me hubiera gustado hacer, nada de Ofelias, yo hubiera querido interpretar a Brígida, y decir con acento pícaro aquello de:
Vendrá en verso, y será un ripio
que traerá la poesía.  
¿Y qué decir de la escena más popular, la escena del sofá? Ahí reconozco que la televisión, con la posibilidad de los primeros planos, hizo mucho por darnos cada vez una escena diferente. 


ventanales geminados sobre pared blanca y repecho entrelazado. Uno de los ventanales está abierto y en el cristal del otro se refleja un edificio


Y allí, en la quinta de don Juan, con el Guadalquivir como testigo tras los ventanales: 
¿No es cierto, ángel de amor,
que en esta apartada orilla
más pura la luna brilla
y se respira mejor?
Que me perdone la Zayas, que no me extraña que, coetánea de don Luis y don Juan, aconsejara a las mujeres apartarse del mundo, pero más de una vez he deseado que de pronto la historia cambiase, que el Comendador perdonara a don Juan, que él y doña Inés se casaran, fueran felices y comieran perdices...

¡Ay! Ni tan siquiera las paredes del convento protegían a aquellas infelices mujeres, que quedaban reducidas a mera moneda en mano de los hombres.¡Pobre doña Inés, pobre doña Ana de Pantoja, pobres todas!

¿Y si don Juan fuera mujer?

Alguna imitación burlesca ya apareció en el propio siglo de XIX de la obra de más éxito del teatro español. ¿Te atreves a echarle un ojo a Doña Juana Tenorio? La escribió un hombre. 

Volvemos al principio, por encima de todo y del propio texto, Don Juan es sobre todo puro teatro.